viernes, 22 de julio de 2011

"Delirio Real" El Rey de Coyoacán

Por si no lo sabían durante los años 70 Coyoacán tuvo un monarca: Antonio Gaitán. Lean este extraordinaria crónica publicada por Juan Villoro hoy viernes 21 de julio en el periódico Reforma y conozcan la historia de este muy singular personaje.

Por cierto les quiero recomendar al que escribe esta columna: Juan Villoro.
Juan Villoro es hijo del filósofo Juan Villoro. Estudió Sociología en la UAM. Es un gran escritor y lo hace de una forma muy agradable (como esta columna). Pueden leerlo cada viernes en Reforma y cada mes en Letras Libres. Además tiene un gran número de obras publicadas (muchas de las cuales han ganado diversos premios nacionales e internacionales) como son:

-El testigo
-El disparo de Argón
-8.8 miedo en el espejo
-Dios es redondo
-De eso se trata
-El filósofo declara (es una gran obra de teatro publicada por la UNAM y es el último libro que leí, se los recomiendo mucho)
- y un lago etcétera.

Además es un gran aficionado al futbol por lo que es invitado con frecuencia al programa deportivo "Ludens" de Canal 22 (sobre todo en las transmisiones de los mundiales) y es estupendo la forma en que mezcla la cultura con el futbol.

Ahora si les dejo su crónica del rey de Coyoacán titulada "Delirio Real"

Delirio real

Juan Villoro
22 Jul. 11

Durante un tiempo Coyoacán fue una monarquía. La única persona que en verdad se enteró de eso fue el propio monarca.

Llegué al barrio en 1969, en compañía de mi madre y mi hermana. Mis padres se habían divorciado, de modo que la mudanza tuvo algo de éxodo. Nos instalamos en una casa que había pertenecido al dueño de un cabaret, el Quid. La decoración hacía pensar en seducciones de estilo francés. El papel tapiz imitaba un diseño versallesco, un espejo de pared recordaba el salón de Madame de Staël y una mansarda de lámina hacía pensar en la nieve que nunca llegaría. Mi madre suavizó el ambiente de budoir con su inflexible método decorativo: juntar chácharas.

Entre las preseas que ha reunido se cuenta una sopera de cerámica verde, en forma de un repollo enorme. Cuando mi tío Poncho la vio, preguntó en forma elocuente: "¿Esa sopera tiene una historia?".

Mi madre coloca adornos cuya presencia amerita narración. Aquella sopera viajó en sus manos en un avión desde Portugal hasta la casa donde reiniciábamos nuestra vida.

Éramos vecinos de una panadería, lo cual tenía ventajas aromáticas y problemas de roedores. Cuando nos fuimos a quejar con el vecino (un español que enharinaba el pan como si se hubiera enojado con él), nos tranquilizó mostrándonos su pistola para matar ratas. Al saber que no había un "hombre de la casa", prometió mantenernos bajo su custodia, al modo del sheriff del condado.

En esas circunstancias entramos en contacto con Su Majestad. Tal vez llegó a la casa atraído por su aire de falsa aristocracia. Lo cierto es que tocó el timbre y dijo con aplomo: "Soy Antonio Gaitán, el Rey de Coyoacán".

Durante varios años escucharíamos esa presentación rimada. Pero sobre todo, escucharíamos sus canciones. Gaitán había sido seminarista y tenía hermosa voz de barítono. En cualquier momento entonaba su himno: "Ron con cerveza y tehuacán: ¿Quién es el Rey de Coyoacán?" La alusión a las bebidas no era casual. Se trataba de una obligación del reino. Cada tercer día, el monarca amanecía borracho en el quicio de la puerta. Le prestaban un cuarto al otro lado de Av. México-Coyoacán, pero a veces no alcanzaba a llegar ahí. Sus características físicas eran peculiares. Tenía pies enormes y caminaba en zancadas rígidas, al modo de Popeye el Marino. Las palabras fantasiosas que salían de su boca de gran quijada y su mirada encendida confirmaban que había pasado por un psiquiátrico.

Leía durante horas, afuera de la panadería. Una frase podía retenerlo mucho tiempo. En una ocasión me preguntó: "¿Qué quiere decir de izq. a der.?" "De izquierda a derecha", contesté. "¿Como en política?", dijo con entusiasmo.

Cada 1o. de septiembre, ofrecía un caótico informe de gobierno. Para el momento en que se dirigía a un imaginario congreso de la unión, ya estaba borracho. Su delirio salía de tono, si la expresión es posible. Confundía a las Secretarías de Estado con secretarias que se pintan las uñas en oficinas de gobierno. De ahí que procediera a insultar a la "Señorita secretaria de la Marina que es una fulana". El gabinete no le merecía el menor respeto. Después de dar ditirámbicas cifras de sus logros, tan incomprobables como las del presidente en turno, denostaba a esas inciertas colaboradoras femeninas.

Otra de sus peculiaridades es que poseía un olfato superfino. A través de la puerta de la calle podía saber qué había cocinado mi mamá: "La doctorcita hizo tamales", decía con estruendoso deleite. En días de fiesta, nos acostumbramos a preparar la porción del Rey. De más está decir que su apetito era imperial.

En una ocasión fungí como su escolta. Pertenezco a un tipo de fanático de las obligaciones al que no le basta hacer el servicio militar: debe hacerlo antes. A los 16 años tramité mi anticipo para comenzar a marchar y a los 17 me gradué con el rango, inútil ahora que he pasado a la reserva, de sargento primero.

El 15 de septiembre, o algún otro día patrio, desfilamos por Coyoacán. Yo pertenecía a la escolta que llevaba la bandera. Cargábamos rifles que parecían salidos de la Revolución. Atrás de nosotros iba la banda que solía tocar en el kiosco de la plaza.

Todo fue parecido a una película del neorrealismo italiano hasta que Antonio Gaitán se puso al frente del cortejo. Saludaba con recios ademanes, como si estuviera acostumbrado a hacerlo. La gente lo vitoreó con entusiasmo, bajo una nube de confeti. Ningún policía pretendió alejarlo de ahí.

"¡El Rey-El Rey: ra-ra-ra!", coreaba la multitud. Luego se impuso otro grito: "¡Mé-xi-co, Mé-xi-co!". Esa locura nos definía. Guiados por un monarca, integrábamos un ejército fugaz, sin el menor deseo de ir a la guerra. Los reclutas entendimos que valía la pena defender esa patria alucinada.

Las funciones de Su Majestad Gaitán fueron tan estrafalarias como las que me permitieron obtener un documento.

A veces la cartilla militar aparece en mis papeles y recuerdo la tarde bajo el sol en que fuimos algo más que un barrio y celebramos, con apasionado sentido de pertenencia, la monarquía proclamada por un loco.


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